Por Andrea González-Villablanca
Periodista chilena.
www.andreagonzalezvillablanca.blogspot.com
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El Teatro de la Universidad Católica, abre su segundo semestre, con la puesta en escena basada en la vida de Alan Turing, interpretado por el actor Álvaro Escobar.
El histórico personaje, fue un matemático británico y pionero en la teoría de la computadora. Asimismo, publicó un ensayo sobre números calculables, que contribuyó a la lógica matemática.
Introdujo el concepto teórico de un dispositivo de cálculo, que hoy se conoce como la máquina de Turing.
También, amplió su trabajo matemático al estudio de la inteligencia artificial y las formas biológicas. De igual forma, propuso un método llamado el test de Turing, para determinar si las máquinas podrían tener la capacidad de pensar.
Reconocimiento perdido, cuando decidió confirmar su homosexualidad, siendo repudiado por la sociedad.
Su vida se condenó a un tratamiento con hormonas femeninas, que lo volvió impotente. Su situación ya no era la misma de éxitos y reconocimientos. Por esta razón, su genialidad la proyectó en una manzana con cianuro, que acabó con su vida a los 41 años.
Con las actuaciones de Esperanza Silva, Hugo Medina, Matías Oviedo, Max Corvalán, Raimundo Guzmán, Agustín Moya, Felipe Contreras, Aranzazu Yankovic y el protagónico Álvaro Escobar, se dio cuerpo a Rompiendo Códigos. Una obra emotiva, polémica en su época y principalmente interesante en el campo actoral, pues los ya mencionados profesionales, desarrollaron un manejo realmente excepcional.
El destacado protagonista, adoptó un rol creíble y caricaturesco, con una natural tartamudez, que le entregó un detalle bastante atrayente al espectador.
Con respecto, al lenguaje de los libretos, es más bien cinematográfico e inteligente. De igual modo, es el colage de escenas, que reúne la biografía del excéntrico Turing.
Coherente con el contenido de la historia, es la escasa escenografía, compuesta por una mesa, sillas y paneles transparentes, con diseños de números y manzanas, sin embargo, no logra ser atractiva para el público.
Francamente Rompiendo Códigos, no es recomendable para menores, debido a lo extenso, pero fluido de sus diálogos, que sin duda obligan al espectador a no descuidar cada momento de la obra.
Por otro lado, destaco el contenido histórico, social y humano, conceptos que indiscutiblemente cuestionan el quehacer científico.
La intolerancia y discriminación, son los temas evidentemente atrayentes, que hacen reflexionar a un público alerto culturalmente.
Asimismo, se enlazan pasión, humor y emoción, para simpatizar con quienes no lograron intuir el objetivo central de la obra.
Reflexionar sobre una mente brillante, homosexual y suicida, nos transborda a una realidad tan cuestionable como la nuestra.
Las dos horas y cuarto, me acercaron al sentido de las variedades humanas, el impacto social, que provocaron en su época ciertos temas y que hasta hoy son puestos en tela de juicio, por insensatos e intolerantes.
¿Qué nos puede influir la sexualidad de un genio?
¿Es realmente importante el tema, a la hora de reconocer sus aportes, que indudablemente contribuirán a nuestras vidas?
Me detengo a pensar, en el porqué de los prejuicios, discriminación y otros tantos temas, que son capaces de dañar la mente de una inteligencia brillante.
Un daño irreparable que puede destinar, en este caso, a un final lamentable.
Sinceramente Rompiendo Códigos, entrega una gran enseñanza, para quienes somos parte de una sociedad, que ha creado recelos injustificados hacia las minorías.
Claramente una experiencia que indagó, desde otra mirada la genialidad humana
y de cómo influye lo social en la frustración individual.
3 noviembre 2005.
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